El año pasado, recordando el Día Mundial de la Salud Mental, hablábamos de la importancia de proteger la salud mental de niñas, niños y adolescentes en Bolivia. Recordábamos que crecer en un entorno seguro, donde exista cuidado y escucha, puede marcar una diferencia para toda la vida.
Este año es primordial mirar la otra cara de la moneda y concentrarnos en quienes hacen posible los espacios de cuidado: madres, padres, educadores, cuidadores, servidores públicos y profesionales de atención a la niñez, y tantas otras personas que, día a día, acompañan a niñas, niños y adolescentes. Porque hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿quién cuida a quienes cuidan?
Vivimos tiempos en los que el agotamiento, el estrés, la ansiedad, la melancolía, la frustración, entre otros, se han convertido en compañeros casi habituales. Las preocupaciones económicas, las responsabilidades familiares, la sobrecarga laboral y la presión por generar ingresos se suman a las tareas de cuidado, ejerciendo una presión extenuante, especialmente para las mujeres. Por lo general, dejamos para después algo tan importante como nuestro propio cuidado y bienestar psicoemocional.
En Bolivia, el estrés parece haberse naturalizado como parte de la vida cotidiana y la salud emocional ha quedado relegada al último lugar. Según el informe global de salud de Ipsos de 2023, el 44% de las personas en Bolivia considera al estrés como uno de los principales problemas de salud que afectan su día a día, ubicándose por encima de enfermedades físicas. Asimismo, datos del Ministerio de Salud, a través del SNIS, registraron entre 2022 y 2023 más de 69.000 atenciones anuales vinculadas a la salud mental, con un incremento que situó la prevalencia de cuadros de ansiedad cerca del 14% de la población tras la pandemia.
A esto se suma que, según el informe regional de la OPS publicado en 2023, en América Latina más del 77% de las personas con malestar emocional no reciben atención adecuada, convirtiendo al agotamiento cotidiano en una crisis silenciosa.
Pero detrás de estos números hay personas. Hay alguien que llega a casa después de una jornada agotadora y todavía tiene que cuidar, escuchar, cocinar, resolver, contener y acompañar. Hay una maestra que intenta contener a sus estudiantes mientras también lleva sus propias preocupaciones. Hay una madre, un padre o un cuidador que siente que ya no tiene más energía, pero continúa porque sabe que alguien depende de él o de ella.
Con frecuencia reconocemos y valoramos el acto de cuidar a los demás, pero hablamos mucho menos de lo que implica sostener ese cuidado en el tiempo. ¿Qué ocurre cuando quienes acompañan, protegen, educan o apoyan atraviesan periodos de estrés, cansancio o sobrecarga emocional? ¿Quién cuida de quienes dedican gran parte de su energía al bienestar de otras personas?
La salud mental no se construye únicamente en ausencia de enfermedad; también depende de nuestra capacidad para reconocer límites, atender nuestras necesidades emocionales, pedir apoyo cuando lo necesitamos y encontrar espacios para el descanso y la recuperación.
El autocuidado, lejos de ser un acto de egoísmo o una práctica reservada para quienes tienen tiempo de sobra, es una condición fundamental para sostener nuestro bienestar y continuar construyendo relaciones saludables con quienes nos rodean.
A veces, el autocuidado puede comenzar con cosas sencillas: decir “no” cuando las exigencias nos sobrepasan, respetar nuestras horas de descanso, alejarnos un momento de las pantallas, salir a caminar, conversar con alguien de confianza o pedir ayuda cuando sentimos que ya no podemos manejar una situación por nuestra cuenta. Pero también implica dejar de sentir culpa por hacerlo.
Pedir apoyo no es una señal de debilidad; reconocer que estamos cansados tampoco. Al contrario, puede ser el primer paso para recuperar fuerzas y estar mejor para nosotros mismos y para quienes nos rodean.
Desde ChildFund Bolivia sabemos que el bienestar emocional no depende únicamente de las decisiones individuales. También necesitamos entornos laborales que permitan conciliar el trabajo y la vida personal, comunidades donde las personas puedan encontrarse, redes de apoyo y contención, y servicios de salud que brinden atención psicológica accesible, oportuna y cercana.
Cuidarnos, entonces, no es apartarnos de los demás; es una forma de recuperar fuerzas para seguir estando presentes.
En este Día Mundial de la Salud Mental, quisiera que la conversación no se quede únicamente en quienes necesitan recibir cuidados. Pensemos también en quienes sostienen, acompañan y cuidan todos los días, porque una comunidad que quiere proteger a sus niñas, niños y adolescentes también debe preocuparse por el bienestar de las personas que están a su lado.
Cuidarnos no es egoísmo. A veces, es simplemente reconocer que nosotros y nosotras también necesitamos cuidado.
Por: Ximena Loza
Directora País de ChildFund en Bolivia
Email: xloza@childfund.org
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