La estrategia comunitaria en materia de sustancias químicas apuesta por avanzar hacia un entorno libre de tóxicos en sintonía con los objetivos del Pacto Verde Europeo
Los denominados químicos eternos son una creciente preocupación en Europa por las consecuencias ambientales y las afectaciones a la salud de las personas que provocan lo que ha motivado a que la Unión Europea (UE) avance hacia su restricción.
La UE está impulsando una de las propuestas más ambiciosas a nivel global para limitar el uso de PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) con el objetivo es reducir progresivamente su presencia en productos de consumo y evitar nuevas emisiones al medio ambiente.
No se trata de una prohibición inmediata en todos los casos, ya que algunos usos considerados esenciales podrían mantenerse de forma temporal. Sin embargo, la dirección es clara: minimizar al máximo la exposición y buscar alternativas más seguras.
Presentes en objetos de consumo masivo y cotidiano como sartenes antiadherentes, envases de comida, ropa impermeable o productos cosméticos, los PFAS son resistentes al agua, la grasa y el calor, característica que hoy los sitúa en el centro del debate ambiental.
Según advierten agencias europeas y organismos especializados en sostenibilidad, estos compuestos apenas se degradan en el medio ambiente, razón por la cual son llamados “químicos eternos” y su acumulación progresiva en suelos, agua y organismos vivos está generando una creciente preocupación científica y política.
Al no degradarse fácilmente, pueden permanecer durante años —incluso décadas— en el medio ambiente. Además, tienden a acumularse en el cuerpo humano a través del agua potable, los alimentos o el contacto con productos que los contienen.
Diversos estudios científicos han señalado posibles efectos adversos asociados a la exposición prolongada, como alteraciones hormonales, problemas en el sistema inmunitario o determinados tipos de enfermedades. Aunque la investigación sigue en curso, el principio de precaución ha llevado a las instituciones europeas a actuar.
Uno de los principales desafíos de los PFAS es su invisibilidad. A diferencia de otros contaminantes, no tienen olor ni color, y su presencia en productos de uso diario suele pasar desapercibida para la ciudadanía.
Esto dificulta la toma de decisiones informadas por parte de los consumidores y pone el foco en la necesidad de mayor transparencia y regulación. También abre un debate sobre la responsabilidad de las empresas y la necesidad de repensar los materiales que forman parte de la vida cotidiana.
La estrategia comunitaria en materia de sustancias químicas apuesta por avanzar hacia un entorno libre de tóxicos en sintonía con los objetivos del Pacto Verde Europeo, que busca proteger tanto el medio ambiente como la salud humana. Reducir la exposición a sustancias peligrosas es, en este contexto, una pieza clave de la transición ecológica.
Fuente: Diario responsable


















